Incendios forestales
Hasta el 22 de agosto, según datos del Ministerio para
la Transición Ecológica, se habían declarado 6.314 incendios forestales en
España (4071 conatos < de 1 ha afectada y 2243 >de 1 ha), con 51426.96
has arrasadas. A esta cifra hay que añadir las alrededor de 22000 has del
incendio de Navalacruz, el incendio más grave de la historia de Castilla y
León. Se han declarado 17 grandes incendios (aquellos que afectan a más de 500
has).
Así, un año más, nos enfrentamos a una situación trágica. Este problema de los
incendios forestales en Castilla y León, en España y en toda la cuenca
mediterránea, es cada vez mayor. En Turquía, Grecia, Italia, Argelia, y ahora
España, crece la proporción de GIF ( Grandes Incendios Forestales, que son
aquellos que afectan a más de 500 has) respecto al total, incendios
extremadamente peligrosos , incluso para la población, y muy difíciles de
apagar.

WWF, en su informe de 2019 “Arde el Mediterráneo”, ya analizaba las causas para
que la cuenca mediterránea sufra oleadas de incendios cada vez más devastadores
y peligrosos, que suponen un riesgo extremo tanto para los ecosistemas, como
para las poblaciones y las personas. También el IPCC (Panel Intergubernamental
sobre el Cambio Climático), advierte que los ecosistemas mediterráneos se encuentran
entre los más vulnerables del mundo. El cambio climático está acelerando la
presencia de grandes incendios. El aumento esperado de temperatura durante este
siglo hará que, con toda seguridad, los episodios climáticos extremos en la
región vayan a peor: sequías más acusadas y olas de calor más largas e
intensas, que llevan a la vegetación a un estado de estrés hídrico que la hace
más vulnerable al fuego. Con toda seguridad, las campañas veraniegas de
incendios van a hacerse más extensas en el tiempo y menos estacionales. La
cuestión es sobre todo establecer medidas para mitigar estos grandes incendios
y sus consecuencias.
No toda la responsabilidad es achacable al cambio climático, hay más
factores
- La despoblación, el abandono del medio rural y de los usos
tradicionales de los bosques, el abandono ganadero y agrario con cese del
pastoreo tradicional y de cultivos, ha provocado la pérdida del paisaje en
mosaico (ese que en nuestro imaginario asociamos con belleza del paisaje y que
son especialmente ricos en biodiversidad) y el aumento de la superficie
cubierta con matorrales y bosques jóvenes provoca un aumento de la
inflamabilidad , lo que genera incendios mas intensos y peligrosos.
- Las nefastas políticas de repoblación, que han tenido lugar durante
años, con especies de crecimiento rápido (varias especies de pino o eucalipto
en muchas zonas), dando como resultado cultivos monoespecíficos, en lugar de
bosques, y ausencia de una adecuada gestión y planificación de las masas
forestales para su adaptación al cambio climático, y para la prevención de
riesgos, lo que las convierte en bombas de relojería para los incendios.
- La cada vez más difusa separación entre lo urbanizado y lo forestal (una
mezcla de casas y árboles), la interfaz urbano-forestal y el aumento de los
usos recreativos del monte ha incrementado el riesgo de incendio y de que estos
lleguen a las zonas habitadas. El cese del pastoreo, la extracción de leña o el
cultivo de pequeñas huertas han borrado el paisaje en mosaico que protegía los
pueblos en caso de incendio.
- La no existencia de verdaderos operativos de prevención. En
España somos buenos apagando incendios, pero falla la prevención. Tenemos
excelentes profesionales, pero maltratados por las administraciones en sus
condiciones laborales. Un ejemplo claro es el llamado operativo de prevención y
extinción de incendios de la Junta de Castilla y León donde, según datos de
CCOO, la media de interinidad del personal propio de la Junta ronda el 50%, un
76% entre los fijos discontinuos y un 30% de vacantes en el colectivo de
agentes medioambientales. Aún más precarias son las condiciones de las
cuadrillas de tierra, donde las bajas en las licitaciones se cargan en las
espaldas de los y las trabajadoras, con sueldos ínfimos y explotación laboral
(con trabajos de sólo 3 meses, es muy difícil arraigar a la gente en las zonas
rurales).
- La falta de coordinación entre diferentes administraciones. Hay tantos
operativos de incendios como Comunidades Autónomas y esto dificulta mucho la
lucha contra el fuego cuando hay dos autonomías afectadas o cuando es precisa
una cooperación entre varias.
Es necesario que las CCAA dediquen mucho más presupuesto a las labores de
prevención, que son menos mediáticas, pero que fijan población y empleo en el sector
forestal. Plantear operativos dedicados fundamentalmente a la prevención ,
bien dimensionados y que trabajen todo el año, totalmente públicos (no como los
modelos con fuerte presencia de lo privado, como sucede con el de Castilla Y
León , donde las brigadas de tierra o las helitransportadas se licitan con
empresas privadas y sufren unas condiciones laborales penosas), con condiciones
laborales justas y la aprobación del estatuto básico del Bombero/a Forestal
para todo el personal de los distintos operativos.
Es imprescindible corregir el abandono rural, recordar el importante papel
de la ganadería extensiva en la dinamización del medio rural y la prevención de
incendios, una adecuada gestión de las masas forestales y recuperar los
paisajes en mosaico, que actúan como cortafuegos naturales.
En resumen, medidas que van encaminadas a una adecuada ordenación del uso del
territorio, a recuperar los sistemas agrosilvopastorales que fijan población y
previenen incendios, a concienciar a la ciudadanía de la necesidad de la
prevención, en un contexto, el del cambio climático que nos anticipa un
escenario de grandes incendios -los llamados incendios de sexta generación-,
incontrolables.
PILAR GONZÁLEZ